Alivia


6:45 a. m., ayer. Apenas amanecía y, como siempre, lo primerísimo que hice fue leer mi Biblia. Me gusta iniciar el día así. Siempre. En el día tocaba analizar la séptima bienaventuranza que expresó Jesús en el Sermón de la Montaña:

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
—Mateo 5:9 – NVI

Me quedé pensando.

La paz no solo es estar así quietesito y en silencio. No. Como dijo el patrón: «….trabajan…». La paz se crea. Hay que hacer para vivirla.

Luego, estuve en consulta y llegó la tarde. Estaba profundamente concentrado escribiendo mi nuevo artículo para mi blog, cuando recibí un wasap inesperado. Una persona (un amable lavacoches que conocí hace tiempo), me pidió ayuda. Las lluvias le habían quitado el trabajo y estaba quebrado, me dijo.

Minutos después terminé haciéndole una transferencia.

Después seguí con lo mío, pero me quedé pensando en algo.

A veces nos preocupamos tanto por ganar más dinero que olvidamos una de las mayores satisfacciones que puede dar el dinero: la posibilidad de aliviar, aunque sea un poco, la preocupación de alguien más. Trabajar creando paz.

No hablo de convertirse en salvador del mundo ni de actuar sin prudencia. Hablo de ese instante en el que la vida nos coloca del bendito lado de quien puede tender una mano.

Esta experiencia me la pude guardar para mí, hasta por prudencia. Pero algo me dijo que lo podía compartir aquí. Sigo pensando… Quizá el verdadero patrimonio de una persona no sea lo que tiene acumulado, sino el número de ocasiones en que pudo decir: «Yo te ayudo».

Curiosamente, hoy también logré vender un objeto que llevaba mucho tiempo sin usar y noté lo extremadamente difícil que era venderlo. Anuncios por varias páginas especializadas en ventas por Internet. Meses. Y nada. Fue increíble. Ayer, sentado cómodamente en mi sillón, junto a una estatuilla del Señor de la Misericordia que tengo en mi habitación, «algo» me dijo: «Escribe ahora un post en tu página de Facebook ofreciéndola». Sentí que sería absurdo, pero también sentí que hasta ese «algo» me dictó exacto cómo debía escribir dos frases nada más.

Un minuto y medio después estaba vendida con pago en efectivo en su totalidad.

Pensé que el dinero había llegado a mí para quedarse, para ahorrar, para prever.

O tal vez no.

Tal vez una parte solo estaba de paso y necesitaba encontrar otro destino.

Hay riquezas que se guardan en una cuenta bancaria. Y hay otras que se guardan, silenciosamente, en la conciencia.

—Alejandro.


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