No es que me esté entrando la «choches» al empezar a comparar varias cosas con el pasado, pero no pude dejar de escribirte una breve reflexión dominguera ahora que sentí cierta nostalgia. Viví mi adolescencia en la hermosa e incomparable década de los 80, y nunca pensé decir tan pronto: «Es que en mis tiempos…». Mira, te recomiendo que leas muy despacio.
«Una sola cosa». Un solo juguete, un canal en la televisión, un horario específico para todo, un teléfono para toda la familia —y se quedaba en casa—. Una sola cosa no era escasez, sino algo que concentraba nuestra atención; era enfoque y, con este, se podía vivir más absorto en la experiencia; se saboreaba más así.
Hoy, parece que todo importa y así no da tiempo para que satisfaga. Antes la felicidad, digamos, sucedía al ir a alquilar una película, abrir una bolsita de la nueva comida chatarra, ir platicando mientras caminábamos. El momento feliz simplemente sucedía. Estábamos más en el presente. Hoy, tanta planeación nos lo roba.
Saber que algo se va a acabar hace que disfrutemos más mientras dura. Sí, yo viví esa experiencia de que antes de la medianoche la televisión ya no transmitiera nada porque la programación acababa. Se acababa. Hoy nunca acaba. ¡Nunca! Antes se acaba uno por no dormir que acabarse las transmisiones de video.
La expectativa, creo, era la mitad de la alegría. Esperar a que pasara el episodio, esperar a que sonara la canción en la radio, esperar a que cargara el juego. La espera creaba valor y así daba tiempo de sentir emoción. Hoy, todo es instantáneo, no esperas y así, no valoras. Viéndolo con filosofía, la molesta espera tenía su encanto.
No existía tal grado de comparación constante. Disfrutabas así sin más, sin llevar registro y publicarlo. Te divertías sin mostrar. Sentías alegría por algo y no necesitabas validación externa.
El aburrimiento era fuente de creatividad. Quedarse sin hacer nada no era malo, era el espacio donde surgían ideas, juegos, improvisaciones. Hoy, cualquier segundo vacío se convierte en ansiedad, disfrazada de scroll.
Antes, un elogio, un logro sencillo, un momento tonto, construían gratos recuerdos. Hoy, los estímulos son tan frecuentes que no da tiempo de que se fijen en nuestra memoria. Todo pasa demasiado rápido para convertirse en recuerdo.
Una paradoja: evolucionamos en comodidades, pero retrocedimos en satisfacción. Nunca tuvimos tanto acceso, tanta elección, tanta comunicación. Y nunca fue tan difícil sentir contentamiento real. El problema no es la falta. Es el exceso.
Quizá no necesitemos más, sino menos. Menos estímulo y menos urgencia, para tener tiempo de saborear el momento antes de salir corriendo a lo siguiente.
¡No sabes cuánto me alegro de que leyeras hasta aquí! ¿Sentiste?
¿Éramos más felices antes? No lo sé. Estoy muy consciente de las impresionantes maravillas y fuentes de felicidad de hoy en día. Pero lo que sí sé es que teníamos más tiempo para disfrutarlas. Y ese tiempo era gran parte de la felicidad. Era tiempo para habitarla.
—Alejandro Ariza Z.
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